Un cielo estrellado

Estrellas. Mariana Docampo

Foto: Ryan Hutton on Unsplash

ESTRELLAS

Mariana Docampo

 

Recibí el 2021 en casa de V.  Pusimos una mesa en el jardín, y velas y algunas guirnaldas de luces en las ramas de los árboles.  Comíamos y tomábamos vino hablando del 2020, y nos reíamos, por no llorar.  Y en un momento en que, envueltas en las mantas, mirábamos las estrellas, vimos pasar, como la lenta cola de un cometa, los sesenta satélites de Elon Musk.

– ¿Quién es Elon Musk? -pregunto a V.

-Un multimillonario.

Lo googleamos, para precisar.

-Es un físico, emprendedor tecnológico y magnate sudafricano, nacionalizado canadiense y estadounidense, cofundador -entre otras empresas- de PayPal.

– Ah…

V sigue leyendo en voz alta y me muestra las fotos de Elon.

El hombre tiene 49 años -dos más que yo- y las mejillas gordas y rosadas. Sale riéndose en todas las fotos. Dice una nota: “Musk lanzó su carro al espacio y ahora prevee conquistar el cosmos”.

– Ah…

Tomo el celu y sigo leyendo.

– Las novias de Musk dicen que es muy controlador.

V se aburre y hablamos de otros temas.  Pero la noche siguiente, después de haber dormido y soñado muchas cosas relacionadas con las estrellas, vemos avanzar el tren de satélites en dirección opuesta.

V se puso una mano como visera, como si mirara el sol.

– Las Tres Marías casi ni se ven.

– Ahí, son esas.

 

Me acuerdo de la gran experiencia que podía ser mirar el cielo hace veinte años.  No sucedía siempre, pero a veces, si salías de noche al campo y apagabas las linternas, o si te alejabas un poco del fogón cerca de un lago, podías ver la Vía Láctea.  Solo tenías que levantar el mentón y ahí estaba, volcada encima de tu cabeza, fluía hacia tus ojos.   Toda esa exuberancia de estrellas te estaba destinada, un gesto de generosidad de la galaxia hacia vos.   Bastaba con estar atenta, en el lugar indicado, para ser elegida por esa diosa-noche-llena-de-luces, que te había estado esperando para manifestarse.

Pero una vez, hace mucho, vi un cielo distinto.  Fue en Capilla del Monte, adonde fuimos con unas amigas un verano.  Acampábamos con M a orillas del Rio Quilpo, y por las noches mirábamos las estrellas recostadas en las piedras.  Estábamos solas ella y yo, por algunos días y después vendrían las amigas.  Mirábamos las constelaciones, nítidas sobre el polvo de estrellas.

Cuando llegaron las demás, subimos al Cerro Uritorco con la idea de acampar en una explanada que estaba una hora antes de llegar a la cumbre.  Fue un día entero de ascenso bajo el rayo del sol.  En un momento, caminábamos por un senderito fino, entre largos pastos amarillos soplados por el viento.  Por fin llegamos a la planicie, y nos dispusimos a buscar ramas y troncos para encender un fuego y cocinar. Había otros grupos de jóvenes que se reían y gritaban en otras carpas, y personas solas que venían a hacer contacto extraterrestre.  Entonces, nosotras también nos reíamos.

Pero apenas terminamos de armar la carpa, comenzó a soplar el viento tan fuerte que era posible verlo.  Parecía muchas varas de metal cayendo en la tierra de manera despareja.  Nos refugiamos dentro de la carpa y nos quedamos mirándonos las caras unas a otras.  Cuando el viento amainó, asomamos las cabezas y vimos un aro dorado alrededor del terreno.  Sabíamos que estábamos en zona OVNI, así que no nos sorprendimos, ni quisimos entender.  Más tarde volvió a desatarse el viento y en un momento fue tan fuerte que derribó uno a uno los parantes de la carpa.  M y yo nos deslizamos hasta la abertura y dormimos el resto de la noche con la carpa desinflada sobre nosotras y la cabeza afuera, a pesar del frio, el viento y la lluvia.

En ese momento pensé que si así hubiera estado escrito nos hubiéramos muerto esa noche.  Y hubiera sido muy fácil que pasara eso, porque todo era imprevisible, y si se desataba la tormenta eléctrica, no había donde protegerse.

El cielo estaba como dividido en rectángulos 3 D que se movían lentamente y nosotras los mirábamos.  En un momento, las nubes se corrieron y apareció la estrella más grande que vi en mi vida.  Se mantuvo titilando en ese rectángulo sin nubes por un rato, como si respirara.  Le pregunte a M si la veía, y ella me dijo que sí.  Y estuvimos así, a merced de la rara estrella, por varias horas.  Después desapareció, y las nubes se cerraron.

Al día siguiente, ninguna de nosotras quiso completar el ascenso hasta la cima. Bajamos casi corriendo el misterioso cerro, y no volvimos a hablar del tema.

 

Continuará en la publicación de la Copa del árbol del mes de Junio

 

COLUMNAS DE LA AUTORA: Anterior / Siguiente

 


Mariana DocampoMariana Docampo es escritora y licenciada en letras por la Universidad de Buenos Aires. Tiene publicados seis libros de ficción: Al borde del Tapiz, El Molino (premio Fondo Nacional de las Artes), La fe, Tratado del Movimiento, La familia y V; y la crónica autobiográfica Tango Queer Buenos Aires (Beca del Bicentenario 2016). Es profesora de escritura en distintas instituciones y coordina talleres literarios de escritura y de lectura de manera privada.  Profesora de la materia Lectura para escritores III de la carrera de escritura creativa de Casa de Letras.  Desde el año 2011 dirige la colección “Las antiguas” de la editorial Buena Vista dedicada al rescate de obras de las primeras escritoras argentinas. Es co-guionista del largometraje “Marilyn” (68 Berlinale Film Festpiel Berlin). Coautora del libro de entrevistas “Sara Facio. La foto como pasión” (Planeta, 2016). Es la fundadora del espacio Tango Queer de Buenos Aires y organizadora del Festival Internacional de Tango Queer de Buenos Aires.