Cinco poemas de Paraje. Carlos Aldazábal

Ilustración: Shirli Raila

Cinco poemas de Paraje

Carlos Aldazábal

 

Carancho (Ahutsaj)
¿Era yo ese cadáver que te alimentaba
en el camino polvoriento?
Recuerdo el juego de esconder el corazón,
el juego de correr hasta perdernos en el monte.
¿Éramos nosotros bajo las garras del carancho?
Quise asustar la soledad apostando mi nombre,
y mi nombre secreto apareció en tu boca
y tu nombre me fue dicho en esa niebla
hasta que te revelaste, cazadora furtiva en este juego.
Ahora, desde un árbol somos observados
y nuestros cuerpos yacen bajo la sombra del incienso,
ofrendas en el monte para el pico y las garras,
para los ojos que miran y que ven
el perfecto equilibrio de la vida y la muerte.

 

Monte (Tayhi)
En el horizonte divisé un resplandor.
Pudo ser el amanecer o la tarde, pero no era nada de eso.
Se trataba del límite del monte,
y en esa playa que daba al río
el límite era una chispa que salpicaba la oscuridad.
Porque en la noche el espíritu del monte dice
“Visionario sereno, te entrego estas imágenes”,
y su decir es una explicación de algún misterio,
y ese misterio es parte de su espíritu,
cerrazón donde los monos se aparean,
donde el puma caza, y la lampalagua hace la digestión.
En el monte las luciérnagas se sonrojan y se ocultan,
discretas ante la levedad de la corzuela.
Y en el monte las lechuzas desenrollan
la sabiduría de la oscuridad,
de lo que no se comprende pero se presiente.
“Visionario sereno, te entrego estas imágenes”.
Y un pavor llenó mi alma. Y los espíritus hablaron por mi boca.
Y temblé y tuve odio, y tuve hambre y pena,
y me arrastraba moribundo por mi propia premonición.
Yo era el monte, y entraba en mi agonía,
desahuciado, hundido, terriblemente solo,
abandonado en la soledad de lo que muere.

 

Luna (Iwela)
Otra vez la palabra escupió en mis ojos
y entonces vi a la luna, ladrona de almas,
reteniendo la risa de los niños,
la pena de los niños,
los huesos de los niños
y también sus canciones.

Entonces le imploré:
“Luna, señora de luz blanca,
ese niño que lleva de la mano,
ese niño que lleva del pescuezo,
esa mujer llorona y desvalida,
ese anciano quejoso,
esas almas que pueblan sus praderas,
deben volver, Señora”.

Y todas las almas cantaron a la luna
para que la luna duerma,
y fue pesado el sueño de la luna,
y fue sutil la marcha de las almas.

Entonces viste el mundo,
pequeña bendición salvada de la luna.
En los brazos de tu madre pudieron verte todos,
y en mis ojos abiertos de palabra tu risa iluminó mi oscuridad.

 

Cada noche (Honatsipej)
Estabas dispuesta en mi mirada.
Estaba mi mirada en tu pensamiento,
y tu pensamiento en la luz.
Estaba animado el monte,
apenas apaciguado por una tenue sonoridad.
Estabas en mi mirada
y estábamos en el monte.
Tu pensamiento hacía brotar las nubes
y las nubes, manto imperceptible,
aturdían el razonamiento de los árboles.
Un gemido conmocionaba la atmósfera
y todo, como cada noche, nacía y moría,
resucitaba y volvía a destruirse
para reencontrarse
en tu pensamiento y en mi mirada,
en la oscuridad de las nubes,
en las gotas del llanto y de la lluvia:

perpetua evocación de lo perdido,
de lo que vuelve,
persistente en el monte,
sin resignarse al fuego, a las cenizas.

Sol (Ifwala)
Arrojados a la luz mis ojos descubrieron un color sin nombre.
Ese resplandor era mortal. El sol lo hacía más terrible,
y recordé la muerte de la corzuela enceguecida por el sol.
Alguien escupió mis ojos y la palabra vino a mí
pero el sol amarilleaba la escena haciendo todo más terrible:
el polvaderal, la muerte, los insectos.
Entonces recordé a la corzuela y sus saltos pequeños,
e imaginé sus ojos desafiantes heridos por la luz.
Entonces imploré, y una corzuela corrió por mi mirada
centelleando en la oscuridad, herida de vida,
volviendo a bostezar en el descanso, comida del jaguar.
Padre Sol, raptor de la hermosa timidez,
de la oculta en el monte,
de la que es sombra furtiva,
de la levedad sin ruido
de la cautiva en tu esplendor,
devuélvenos el misterio de sus pasos,
el misterio del escape imponderable,
el misterio de la huida cuando no hay dirección,
la velocidad silenciosa de la sobreviviente
en el arenal vuelto pantano…
Así imploraba en mi ruego,
y por mi ruego el sol fue oculto y la corzuela descendió,
sutil aparición de la palabra,
gentil expiación, huella en el aire,
capaz de la hermosura bajo la luz terrible.

 


Carlos J. Aldazábal (Salta 1974). Sus últimos libros de poemas publicados son: Piedra al pecho (2013), Camerata carioca (2016), Mauritania es un país con nieve (2019) y Paraje (2021). Obtuvo, entre otros, el Premio Olga Orozco del Fondo Nacional de las Artes (2021), el Premio Alhambra de Poesía Americana (Granada, España, 2013) y el Premio Ciudad de Irún de Poesía en Castellano (País Vasco, España, 2019). Su poesía ha sido traducida a varios idiomas e incluida en antologías nacionales y extranjeras.