Cuaderno de Praga
(marzo de 2003)Jorge Monteleone
A mis queridos amigos alemanes:
Claudia Hammerschmidt, Peter Müllers, Roland Spiller
y mi Maestro Christian Wentzlaff-Eggebert
1. Un día antes de partir a Praga desde la ciudad de Nuremberg, mi amigo Roland Spiller me llevó a conocer el Zeppelinfield. Ese amplio espacio había sido destinado, hacia 1923, como campo de pruebas de los dirigibles de Zeppelin, pero una década después el arquitecto Albert Speer diseñó la tribuna desde la cual Hitler se dirigía, año tras año, a cientos de miles de nazis en los mitines del Partido Nacionalsocialista. Nuremberg era desde principios de los años treinta la ciudad de los congresos del Tercer Reich. Speer continuaría con las obras de un gigantesco Coliseo, inconcluso después de la derrota de Hitler y la destrucción de la ciudad a manos de los aliados. Estuve allí, de pie, viendo en esa vasta extensión vacía el gigantismo de un petrificado horror. Era un yermo sin ecos donde había circulado el mal y donde imperaba la nada. Sin cosas, sin mundo, salvo una luz hueca y estática. En aquel mismo lugar otro arquitecto mutó la construcción, como atravesada de una aguja de hierro y cristal, para albergar un centro de documentación del nazismo, desde sus inicios hasta los juicios por los crímenes de guerra en esa misma ciudad. Allí recorrimos la muestra Faszination und Gewalt (“Fascinación y violencia”) con aquellas fotografías de Hitler atravesando con sus tropas el centro histórico de Nuremberg, embanderado de esvásticas, y luego la visión de ese mismo sitio arrasado por los bombardeos. Como la imagen de la iglesia de St. Sebald, casi partida en dos, la misma catedral gótica que visitamos por la tarde, reconstruida por completo, majestuosa y dominante.
A la mañana siguiente partimos hacia Praga. En la mañana blanca del 13 de marzo de 2003, el tren comenzó a derivar con lentitud hacia el Este. Punto cardinal de otras vidas, linde del mito contemporáneo de la Eisener Vorhang, la cortina de hierro ante el socialismo real, el Este era todavía un espacio de otredad para los alemanes de “Occidente”, una zona que fascinaba y a la vez provocaba cierta extrañeza y cierto desapego. Habíamos decidido viajar a Praga por unos pocos días. Dejábamos atrás los bosques invernales que rodeaban Nuremberg y poco a poco se veían los sembradíos y las aldeas de techos rojos, dispersas aquí y allá. Pequeñas albercas, diminutos lagos rodeados de árboles sin hojas, tenían en la superficie una delgadísima capa de hielo. El cielo se cubrió de repentinas nubes espesas y, de pronto, aparecía el sol en una rajadura de cielo celeste, que hacía brillar la nieve, como inmediatos fanales blancos sobre las tierras ocres –la nieve que en algunos rincones se acumulaba, memoria del frío, resto como espiritualizado que trajera el aire filoso. Y a medida que avanzábamos hacia el Este, percibí esas huellas en la nieve, huellas nítidas sobre la nieve blanda y espesa junto a los abedules de tronco blanco y ramas desnudas. Allí, en la soledad del mediodía del invierno tardío, alguien se había internado en el bosquecito, alguien habría regresado a su casa y aquella vida casual se volvía para mí definitiva y expectante.
El tren parecía subir de a trechos y el boscaje se alzaba en algunas barrancas, rodeándonos como una oscura presencia legendaria. A medida que nos acercábamos a la frontera, arreciaron las estribaciones norteñas del Bayerischer Wald, que se adensaba hacia el sur, hacia Viena. El tren arribó finalmente a Marktdrewitz, en el límite con la República Checa, y se detuvo. Poco después la locomotora cambió de dirección y entramos en el país del Este. Una señora, de más de setenta años o acaso algo avejentada, con un saco de lana blanca y una falda marrón, se sentó junto a Roland y frente a mí. Nos sonrió y nos habló en checo, no conocía otra lengua y tal vez no conociera otra cultura que no fuera la propia. Inmediatamente comprendimos que compartíamos un origen similar, de un espacio humilde, para el cual la adquisición de cultura significaba un acto nada naturalizado, una elección de algún modo lateral y novedosa, incluso rara. Supuse que mi madre estaba mucho más cerca de esa mujer que yo, y por eso mismo, por su distancia respecto del bienestar burgués de Occidente, que se veía en su modo de vestirse y de estar en el mundo, me acercaba a ella. Pero esto era un espejismo: la mujer comenzó a leer un libro desconocido, algo que mi madre nunca hubiese hecho en un viaje así.
Al poco tiempo, al arribar a la frontera, llegaron una guarda alemana y otro guarda checo para pedirnos el pasaporte. Entramos en Chevoslovaquia y comenzaron a aparecer campos amarillos entre las tierras oscurecidas. Cierta prosperidad comenzó a desdibujarse, y de inmediato las estaciones de tren envejecían, se llenaban de polvo, de gente apocada, de una cierta melancolía. Los edificios mostraban fachadas más ruinosas y una sola mujer, asomada a la ventana con el libro abierto sobre el alféizar, fumando, simuló una alegre ligereza que había estado ausente en todo el trayecto.
El campo estaba solo, apenas rayado por esos árboles macilentos y negruzcos bajo el cielo gris como ideogramas en un lienzo, mientras caía el aguanieve oblicua al paso del tren, único cuerpo veloz en el paisaje estático. De pronto, el ruido isócrono sobre las vías viejas regresaba a mí en el recuerdo: era la rítmica de los ferrocarriles argentinos del suburbio, era esa música de hierros golpeados al viajar que volvía en mí, tan remota como aquella tierra desconocida. Pasamos buena parte del trayecto recitando, hasta donde lo permitía la memoria, versos de Borges, de Machado, de Nerval y de Heine y aquellas primeras canciones de Serrat. Comimos una manzana poco antes de que el tren se detuviera en Pilsen, la ciudad de la famosa cerveza. Y ya cerca de Praga, a media hora de llegar, flanqueamos el ancho río Berounka, verde y opaco, con casitas a su vera. Pasamos las estaciones en las que, invariablemente, un empleado del ferrocarril, de chaqueta azul y gorra roja, nos veía pasar, quieto y firme, como si constatara el peso de la costumbre y su invariable monotonía. Y el río se abrió, rodeado de sauces resecos mientras la nieve, girando sobre sí, celebrada por el viento, me desvela de la escritura pero me hunde en un ensueño de irrealidad y un origen: veo nevar por primera vez en mi vida. Pasamos por Černošice, y cerca de la estación vimos inesperadas mansiones, algo decadentes pero aún señoriales. Un alto monte de árboles donde se veían hojas diminutas nos flanqueaba a la izquierda, pero a la derecha se abría un campo verde, tierras de labranza con agrupamientos de casitas de las que salía un humo blanco.
Llegamos a los suburbios, al atravesar la estación Praha-Radotín. Las casas de techos a dos aguas parecen superpuestas en la pendiente que llega hasta las vías. Morosamente todo se va urbanizando y dejamos atrás el aire campestre y vemos ya las altas chimeneas esparcidas y edificios de departamentos y los primeros tranvías rojos, como si llegara un futuro, un tímido llamamiento de la modernidad. El tiempo va y viene en este viaje, como la nieve que llega y se va, girando. Llegamos a la estación inmediatamente anterior, Praha-Smíchov, y pasamos un puente sobre el ancho río. Llegamos a Praga, que hasta entonces era para nosotros casi una sola cosa: la ciudad de Franz Kafka.
2. Días sin escritura hasta esta hora, en la que viajamos en el tren de regreso el 17 de marzo, ya en tierra alemana, mientras cae la noche y la niebla de un invierno, que pronto habrá de morir, invade los campos y los bosques en la cercanía de la frontera. El disco de la luna, helado y perfecto, está allí entre la filigrana veloz de los árboles qué pasan. Praga, Praha, era ya para mí un lugar preciso, una memoria, una ansiedad, una nostalgia. Y sobre todo una experiencia límite centrada en un pequeño objeto inolvidable.
Cada ciudad nueva es un breve destino, efecto espectacular de lo azaroso, porque nada nos prepara para ella, como un amor nuevo. Cuando llegamos aquella tarde del 13 de marzo a Praga hacía mucho más frío que en Nuremberg. Por esa antigua paranoia argentina contra las estafas, convencí a Roland de no tomar taxis desde la estación central y manejarnos con el transporte público, de modo que llegamos perfectamente al hotel Kampa, llamado de ese modo por estar en el islote de ese nombre, situado entre el Moldava y su afluente, el Čertovka, el “Arroyo del Diablo”. El hotel, al que habíamos llegado con entusiasmo, era una escenografía de madera pintada, harta de espadas, de armaduras y escudos falsos, como si fuera un teatro dónde se representara una versión apresurada de Ivanhoe. La decoración de las paredes, de colores celestes o naranjas intensos, quería remedar una calidez que solo era exageración; y así el hotel, excesivo y grandilocuente, nos agotaba de antemano con su fantasía visual. La alegría de estar en Praga disminuyó la decepción, que se confirmó en el cuarto mucho más estrecho de lo que hubiésemos esperado. Luego de un breve descanso, salimos a la calle. A poco de andar por Kampa llegamos finalmente a la vera del Moldava, el Vtlava de Smetana, el río legendario. La visión nos deslumbró: el río enorme se abría para correr bajo aquel puente hermosísimo al que nos dirigimos y que aprenderíamos a adorar, el gran puente de piedra de Praga: el Karlův most, el Puente de Carlos. Desde él, abierto y rumoroso, se divisaba la ciudad entera y allá en lo alto, sobre el promontorio, el Castillo. Lo atravesamos mientras se iba la tarde congelada y el aire cristalino nos cortaba la cara. Pero estar allí, en Praga hacia el fin del invierno, atravesando el majestuoso puente antiguo, era un don inesperado del tiempo remoto. El puente tenía en sus dos extremos sendas torres, bellísimas y oscuras. Y todo a lo largo las estatuas de los santos, que le daban al puente, sobre todo al caer la noche, un aire extraño, entre celestial y fantasmal. La mayoría de las estatuas eran de piedra, y otras eran de cobre, ennegrecido por las décadas. Pero dos figuras al pie de una de ellas, la de San Juan Nepomuceno, brillaban por la caricia continua de todos los transeúntes, que apoyaban su mano para cumplir un rito que suponía la buena suerte, una protección, una posibilidad de regreso al peligroso mundo, una concesión del cielo. El bajorrelieve del galgo de bronce acariciado por el caballero perenne, esplendía porque miles de manos mortales le habían dado su fe solar a lo largo del tiempo.
Al salir del puente nos internamos poco después en una calle sinuosa y empedrada, la Karlova, flanqueada de numerosas tiendas turísticas. Las calles de Praga estaban llenas de extranjeros mientras caía la noche, y las lenguas y las caras se confundían: italianos, alemanes, estadounidenses, españoles. Pero otro hecho lingüístico, novedoso para nosotros, ocurría allí. Estábamos en el centro de una lengua que Roland y yo ignorábamos por completo, totalmente sumergidos en un ámbito de imposible desciframiento. El checo, en cierta palabra precisa, le sonaba a Kafka como un cascanueces, o como si la palabra fuera una nuez que llegara a la boca en su primera sílaba, abriese la segunda y la quebrara mordiéndola en la tercera. «¿No oyes el diente?», le escribía Kafka a Milena. Pero lo que yo oía en las calles era esa oclusión súbita de las «tch», la fricación de las «sh», como si en cada palabra hubiese un golpe breve donde la lengua aspirase al metal germánico y hallase otra cosa, más sorda, más opaca, más tristemente dulce. Kafka escribía en alemán pero pertenecía enteramente a esta ciudad, vivía desplazándose continuamente. Había sido educado en la lengua alemana, sobre todo la escrita, pero, como relató su biógrafo Reiner Stach, todos los judíos de su época profesaban la lengua checa por cautela política. Pero el alemán de Praga carecía de pureza lingüística, era múltiple y aluvial. Según testimonios, el alemán de Kafka tenía un acento duro, como el de los checos, pero su lengua checa sonaba con acento alemán. Su tono siempre tendía a una cierta extrañeza. Leí que los escritores de lengua alemana de Praga accedían a cuatro fuentes étnicas: la alemana a la que pertenecían, la checa que los rodeaba en su vida cotidiana, la judía que dominaba buena parte de la ciudad, y la austríaca, en la cual muchos de ellos habían nacido. Praga seguía siendo babélica, pero el checo tendía su red de sonidos inesperados y sobre todo esas grafías de los carteles con las marcas suprasegmentales que modificaban la pronunciación. Un hablante de español, que solo acostumbra ver el doble arquito de la ñ o el punto sobre la j y los acentos vocálicos, al advertir un pequeño círculo sobre el vocablo Karlův o esos signos sobre la ř, la ž o la ý, al verificar más de una marca en cada palabra (como en námēsté), nos causaba una inevitable extrañeza. Cada tanto nos deteníamos, como en aquella tienda de objetos art nouveau de enorme belleza, o en aquella gélida y abarrotada cristalería, que se multiplicaba y complicaba a sí misma. Y al fin la calle se abrió y quedamos deslumbrados. Como esas callecitas venecianas se abren al tesoro de la Piazzeta, nos hallamos en un espacio que nos arrebataba, como a todos: la vasta Plaza de la Ciudad Vieja. Lo primero que vimos fue la U Minuty, en la Staromētské náměstí, la Casa del Minuto. Las paredes tenían figuras mitológicas y bíblicas, en negro sobre blanco, como en un suave bajorrelieve. Eran figuras esgrafiadas y fueron realizadas en 1615. Entre junio de 1889 y septiembre de 1896 la familia Kafka vivió allí, donde nacieron las tres hermanas de Franz, Gabriele, Valerie y Ottilie (llamadas Elli, Valli y Ottla). Estremece pensar que las tres murieron en un campo de concentración; estremece saber que si Franz Kafka no hubiese muerto veinte años antes, su destino hubiese sido el mismo.
Desde la casa natal del escritor en la antigua calle Niklas, la familia Kafka tuvo muchas mudanzas dentro de la ciudad, pero nos gustaba especialmente la decoración de la Casa del Minuto, que el pequeño Franz habitó cuando iniciaba la escuela primaria. Harald Salfellner, en Franz Kafka and Prague (2002), dice que los primeros recuerdos de la niñez relatados por Kafka en las cartas a Milena fueron vividos allí. Su veracidad importa menos que la fuerza de la fábula acerca de la culpa y la repetición. El niñito era llevado a la escuela, como todos los días del primer año, por la cocinera de la familia, una mujer flaca y menuda, enjuta y de mejillas hundidas. Apenas salen, la mujer, con mucha convicción, amenaza al chico con contarle al maestro lo desobediente que era en casa. A medida que avanzaban, calle tras calle, el niño se tomaba muy en serio la advertencia. Sentía que el camino era enormemente largo y tortuoso, porque durante el trayecto imaginaba al principio que, además de saber que la acusación era falsa, la cocinera no iba a atreverse a hablar. A poco de andar, empezaba a imponerse la duda y la sospecha de que lo haría. Más adelante ya sentía el temor, después le rogaba que no lo hiciese y, finalmente, Franz pedía el perdón, que la mujer negaba y negaba. Así amenazaba y reía arrastrando al chico, que clamaba aterrorizado tironeando de su falda. “En aquel lugar –escribe Kafka– ella era omnipotente”. Y aunque nunca lo decía, cada vez, cada jornada, por todo el año escolar y durante todo el camino desde la Casa del Minuto a la escuela, el niño vivía el mismo suplicio: “Lo dirá, no lo dirá”; “ayer no se lo dijo, pero hoy se lo dirá, sin falta”. En otra ocasión, al niño le habían regalado un sechserl, una moneda de diez céntimos de corona. Al salir de aquella casa, entre la gran plaza y la pequeña, se hallaba una mendiga a la que el chico quería regalarle la moneda. Sin embargo le parecía una suma tan exorbitante para una mendiga, que cambió la moneda por diez céntimos y le dio uno. Luego dio toda la vuelta al Ayuntamiento y la galería de la plaza pequeña y apareció por el otro lado para regalarle a la mendiga otra monedita del cambio. Así Franz repitió una y otra vez su generosa dádiva hasta advertir en una vuelta que la mendiga perdió la paciencia y se fue. “Sea como fuere –contó Kafka–, al final yo estaba tan agotado, incluso moralmente, que corrí a casa y lloré hasta que mi madre me dio otro sechserl”.
Allí estábamos justamente, ante la fachada del Ayuntamiento de la ciudad vieja, que data del siglo XIV, y a pocos metros del reloj más extraordinario que pude ver en mi vida. Era el Orloj de Praga, un reloj astronómico de 1410 de una belleza incomparable. La parte superior más antigua, tenía esferas superpuestas y largas manecillas sobre el fondo azul, que indicaba también las zonas de ortus, aurora, occasus y crepusculum. El medallón inferior, con pinturas que indicaban los meses del año y los signos del zodíaco, era del siglo XIX. Además de su belleza, lo atractivo del reloj era su valor alegórico. A cada hora, en las puertitas superiores, aparecían uno a uno, como marionetas de madera, los doce apóstoles y Jesucristo. Entre tanto, al lado del reloj (cuyas esferas representan la tierra rodeada de todos los planetas, como el centro del universo medieval) estaba la figura de la Muerte que marcaba sincrónicamente las campanadas, con su reloj de arena, mientras a la izquierda un anciano agitaba inútilmente su bolsa de monedas para escapar a su inexorable destino. A su lado el Arcángel San Miguel marcaba con su espada y su escudo el tiempo del Juicio Final. Todas estas figuras sincronizadas eran encantadoras y, al final de sus movimientos, cantaba un gallito de oro que se hallaba en la parte superior. Así el gran Reloj de Praga era a la vez un monumento y un juguete, pero también una gran alegoría que desde el medioevo no cesa de inquietar las horas distraídas de los paseantes. En él se unían la belleza, la gracia y lo siniestro. Y al franquear el límite que la alta torre del Ayuntamiento pone a la plaza, los ojos se abrieron a una vastísima extensión iluminada, con palacios antiguos, casas señoriales, templos cuyas torres negras se recortaban contra un fondo neblinoso, con el gigantesco monumento oscuro y trágico dedicado a Juan Hus, el reformador, que murió en una hoguera en Constanza. Y las luces claras, amarillas y azules sobre las paredes ornamentadas, y todos los estilos y colores se reunían en un conjunto que armonizaba tiempos superpuestos: las casas burguesas, el palacio barroco, los miradores góticos y esas techos con pequeñas ventanitas iluminadas y las esferitas de oro en las puntas. Todo –con el cielo negro azulado y cargado de estrellas sobre los caminantes lentos, extasiados, y el resto los cafés y restaurantes de los alrededores, bebiendo cerveza o café, comiendo con fruición, levemente animados, en el frío cortante de la noche invernal, los brillos de la hora– todo esto creaba, de pronto, un hueco en el tiempo, un sitio sin número, indefinidamente atemporal, un anonimato feliz en la historia.
Al regresar al hotel aquella primera noche, nos detuvimos a mirar las tiendas. Allí se unían todos los objetos que veríamos hasta el hartazgo como la representación de la urbe: marionetas, cristalería de Bohemia, cajitas de madera, huevos pintados a mano con minúsculos paisajes de la ciudad, las joyas y los objetos art nouveau, las casitas de arcilla cocida y laqueada que imitaban los principales edificios en miniatura, las torres menudas, las iglesias y el Reloj astronómico, las tacitas y las copas, las muñecas rusas: objetos primorosos, o grotescos, o de extrema delicadeza. Cada una de estas ciudades europeas adonde todo el mundo llega en peregrinación parece repetirse en una constelación infinita de pequeñas cosas que la reproducen, la simbolizan, la evocan, la multiplican. En nuestro recorrido, como espejos trizados, las vamos ignorando porque se repiten como una obsesión. A última hora, o en un rapto, buscamos una de ellas, dos o tres, sin estar seguros del todo, como si las arrebatáramos al día sin pensarlo demasiado. Y luego ese objeto, aislado y único, en la nueva combinación que adquiere junto con otro número de cosas, impregnará nuestra vida, alcanzará otra realidad, cargada de memoria. Y allí dónde hubo repetición, habrá un solo momento que se precipita: aquella tarde, ese suceso, la sensación que llevará para siempre el aura salvada de la ciudad extranjera y concentrada en un objeto minúsculo. Sin embargo, ninguna cosa de esa ciudad sería más estremecedora que aquella otra cajita que vimos a la tarde siguiente.
En el recorrido por las sinagogas del Barrio Judío de Praga, entramos junto con Roland a la llamada Sinagoga Española, que no era tan antigua como la Sinagoga de Pinkas o la Vieja Nueva Sinagoga. Había sido construida, sin embargo, en el sitio que ocupaba la sinagoga más antigua de la ciudad, hacia 1868, inspirada en el arte morisco y en la Alhambra. Evocaría así los sefardíes que habían sido expulsados de España y encontraron refugio en este barrio de Praga. Era esplendorosa, con estuco de oro y decorados de formas geométricas. Mientras en los templos católicos todo es figurativo, aquí, salvo la gran estrella de David, era abstracto y simbólico. En la planta alta había una exhibición de documentos que, en orden cronológico, recorría la cultura judía: “Historia de los judíos en Bohemia desde la emancipación hasta el presente”. Todo era, en cierto modo, previsible y enciclopédico, con algunas curiosidades literarias que celebramos. Pero de pronto hallamos aquello que sabíamos pero nunca habíamos mirado: la materialidad del nazismo en los objetos. Primero los testimonios del ghetto: allí estaba la estrella amarilla que decía JUDE. La visión de ese retazo era vertiginosa y física: una de las estrellas que usaron los miles de judíos en el ghetto de Terezín ante nuestros ojos. Leímos un cartel que decía, en alemán: “Los trámites judiciales para judíos sólo de 8 a 9”. Vimos un documento que tenía impuesto el sello con la J en color rojo; una fotografía de esta misma sinagoga en la que estábamos, transformada en un galpón infame, un depósito de los cientos de objetos confiscados a los judíos por los nazis; una tarjeta de racionamiento que decía “Jude Jude Jude Jude Jude Jude”; las órdenes impresas, con el frío vocabulario de la burocracia nazi, para disponer la solución final –por ejemplo, la lista de los que debían ser enviados a Auschwitz, con número, apellido y nombre; tarjetas postales enviadas desde el campo de concentración. Pero había aun más, una serie desgarradora: las fotografías con las caras de los niños asesinados en el campo de concentración, chicos de ocho o diez años, nacidos entre 1930 y 1936, cuya fecha de muerte era invariablemente 1944, y debajo de cada una de ellas un osito blanco, un cuaderno con dibujos, juegos didácticos. Y de pronto vimos un solo objeto infinito: una cajita de cartulina, toda cosida con lana azul y con una florcita pintada con lápices de colores en la tapa. Una manualidad, como las del colegio, hecha por una nenita en el Lager.
Por la noche me sentía desvelado y fui solo caminando al Puente de Carlos. Quedaban pocos paseantes. La neblina, en el claroscuro de los faroles, daba a las siluetas de los santos unánimes cierto aire espectral y me incliné sobre el Moldava con las manos que se helaban apoyadas sobre el pretil de piedra. Las lucecitas y la luz de la luna se difundían en el agua sombría como una corona estrellada. No habré sido ni seré la única persona que realizó ese acto: hubo y habrá centenares. El propio Kafka lo previó, en uno de los poemas enviados en una carta a su amigo Oskar Pollak el 9 de noviembre de 1903:
Menschen, die über dunkle Brücken gehn,
vorüber an Heiligen
mit matten Lichtlein.
Wolken, die über grauen Himmel ziehn
vorüber an Kirchen
mit verdämmernden Türmen.
Einer, der an der Quaderbrüstung lehnt
und in das Abendwasser schaut,
die Hände auf alten Steinen.
“Hombres que atraviesan puentes oscuros / ante los santos / con tenues lucecitas. // Nubes que cruzan cielos grises / ante las iglesias / con torres crepusculares. // Alguien que se apoya en el pretil / y contempla el agua anochecida, / con las manos sobre las viejas piedras”.
Jorge Monteleone nació en Argentina en 1957, es escritor, crítico literario y traductor. Es profesor en Letras, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Investigador de CONICET, ha trabajado en la Universidad de Köln, Alemania. Publicó numerosos ensayos críticos y dirigió revistas académicas, como Abyssinia. Es conocido por su especialización en poesía, especialmente argentina, y por su trabajo en la teoría del imaginario poético.

