Thomas Cole, The Picnic

Picnics. Mariana Docampo

Imagen: Thomas Cole, The Picnic

PICNICS

Mariana Docampo

 

Cada dos años, desde hace diez, voy invitada como profesora al Festival de Tango Queer en Berlín.  Y entre las muchas cosas que me encantan del festival, está mi día libre en el lago.  Hace algunos años, Celeste R. acababa de mudarse a Berlín. Íbamos a bailar juntas en una de las milongas, así que nos juntábamos todas las mañanas para ensayar.  Un día antes de que el festival arrancara, me dijo: “hoy descansemos, Marian, vamos al lago”.

Celeste me pasó a buscar en bici y tomamos el S-Bahn hacia el Krume Lanke.  Conocía las estaciones, las combinaciones.  Hacíamos tramos en bici, cruzábamos puentes y otra vez al S-Bahn.  Ahora íbamos por un camino de cemento en un barrio alejado.  En un momento, frenó y dijo: “Es acá.  Compremos algo para comer en ese super”.

El Krumme Lanke es particularmente lindo.  Un senderito para bicis y peatones lo rodea casi en su totalidad.  Venía pensando desde el invierno porteño que quería nadar en un lago de Berlín.  Tal vez por la luz, o porque está limpio y el sol brilla entre las ramas de los árboles, o porque se llega fácil desde la ciudad.  Celeste eligió un lugar despejado y extendió un pareo sobre el pasto.  Las dos nos recostamos arriba.  El aire corría entre las hojas hasta que llegaba a nosotras, que charlábamos desparramadas sobre la tela.

Pasaron algunas bicis por el caminito.

Como me había olvidado de llevar la bikini a Europa, había ido a comprar una a la tienda de Kolonnenstraβe esa mañana.  Era una urgencia, y solo la iba a usar ese día, así que agarré de distintos canastos dos piezas muy baratas de colores chillones.   Le hice el relato de la bikini a Celeste, como si hiciera falta justificar la fealdad de mi vestuario y ella me dijo ¿para qué compraste, si acá podés nadar denuda?  Se sacó la remera y se quedó en tetas.  Encendió un cigarrillo.  Esto es lo que me encanta de Berlín, me dijo, a nadie le importa nada.

Miré hacia un costado y vi un grupo de cuatro hombres jóvenes.  Uno de los hombres estaba parado, completamente desnudo, mirando hacia adelante con una mano apoyada en la cadera. Los demás estaban vestidos de jean y musculosa, y conversaban tranquilos sobre un mantel, arriba del que habían puesto algunas bandejitas con frutas y botellas de agua.  El hombre desnudo se recostó junto a los vestidos.  Uno de éstos extendió su mano hacia él, y lo acarició.  Con la otra mano iba llevándose unas uvas a su boca mientras hablaba con los demás hombres.

Tomé valor y me saqué la remera, pero no pude evitar taparme enseguida, mientras trataba de atarme el corpiño de la bikini.  Celeste se puso el cigarrillo en la boca y me ayudó con los breteles.  Luego, recostó su espalda contra el árbol y volvió a mirar el lago. Si, estoy bien acá en Berlín– me dijo.

Cuando tenía quince años vi por primera vez una reproducción de “Almuerzo en la hierba” de Manet en un libro de arte que había en casa.  Eran unos tomos con obras de los museos de Europa: el Louvre, la National Gallery, el Prado.  Y había uno del Orsay.  La modelo mira al pintor con expresión de cordero.  Toda su mirada en el ojo de Manet.  Algo en el cuadro no me gustó.  Tal vez la mujer desnuda entre hombres vestidos, o simplemente, la ausencia de mantel que delimite un marco para la escena, una zona -quizás- de menos intemperie para ella.  Las frutas y el pan caen del vestido al pasto.

Celeste se incorpora y va hacia el lago, se sumerge despacio.  El agua está fría, me saluda desde ahí.  Luego se da vuelta y nada hacia el centro.  Yo dejo que mi mirada deambule entre los árboles.  En un momento va hacia el grupo de cuatro y veo que el hombre desnudo me está mirando.  Bajo los ojos.

Cuando Celeste sale del agua le extiendo la toalla.  Mientras se seca me cuenta que ella trabajó de modelo de desnudos a los veintipico para una escuela de arte.

¿Y te gustaba el trabajo?  Si, era tranquilo.  ¿No te intimidaba desnudarte delante de lxs estudiantes?  Me parecía lindo, no tenía que hacer nada, solo quedarme quieta.  Celeste se pone de rodillas sobre el pareo, estira su torso hacia adelante y alisa la tela con las palmas de las manos.  ¿Y te gustaba ser mirada? Si.  Se recuesta boca arriba.  Como sus piernas son largas, los pies quedan sobre el pasto.

Apple blossoms, el cuadro de Millais, también tiene una escena grupal en el pasto.  Son varias jóvenes de vestidos largos y vinchas y flores en el pelo, que comparten un almuerzo en un jardín.  Pero los cuencos y ollas están vacíos.  Una de vestido largo mira a los ojos del pintor, una guadaña cuelga sobre su cabeza.  Si la observás con atención, está, a la vez, muerta y viva.  Hay algo en ese grupo que no está bien, y sin embargo todo pareciera transcurrir en armonía. En el centro de todas ellas hay un mantel blanco con una fuente sin nada arriba.  Pero todas las niñas están afuera de la tela.

Me gustan los cuadros en los que se representan picnics.  Me gusta observar cómo están compuestos los grupos de personas, cómo se organizan los cuerpos en el espacio reducido del mantel, que comparten con frutas, y bebidas.

Si bien estas escenas podrían ser frecuentes en la Argentina, por nuestros largos meses de calor, nunca las vi componerse con tanta espontaneidad como en mis viajes a Europa, en particular, los picnics en Berlín, la eclosión veraniega de personas en los parques de la ciudad, y el desparramo de cuerpos junto a los lagos.

Años antes yo había ido a pasear en bici al Tiergarten.  Una mujer de unos sesenta años y una niña de seis, las dos rollizas, habían abierto una ducha en un claro del parque.  Estaban también desnudas y el agua se derramaba sobre las pieles como si fueran las de dos hermosas ballenas rosadas, una más grande, otra chiquita.  Muy cerca estaba la manta en la que las dos reposaban, expuestas al sol.

En Buenos Aires los días de calor son mucho más intensos que en Berlín, la gente no sale a disfrutar como si fuera la primera libación de oxígeno del mundo. Pero acá algo que viene conteniéndose todo el invierno, y desde el otoño, e incluso desde los primeros meses de la primavera, que son fríos, por fin retoña.  Todo el mundo sale de las casas y va hacia los jardines.  El movimiento de los cuerpos llega con sonidos, una algarabía que solo percibí en esos cuadros de escenas de primavera de los libros de museos de Europa.

El cambio climático no ayuda a mantener el equilibrio emocional propio de los picnics.  Porque todo se comprime en un único día de sol radiante.  El verano en Berlín, ese calor irrespirable que te empuja a meterte al lago, dura una única semana. Cuando llegan esos días ardientes como llamas las milongas del festival están llenas y el sudor se pega a la ropa, los cuerpos transpirados van unos sobre otros, y llegamos a las orillas del salón húmedxs y olorosxs.

Voy en mi bici rápido, siento el aire en mi cara, me caigo, me golpeo la pierna.  Celeste frena adelante, y regresa.  Vamos a llegar tarde, le digo. Se acerca y me ayuda a levantarme.

Fuimos al parque a festejar el cumpleaños de Astrid. Todes la conocen, organiza el Queer Tango Festival de Berlin desde hace diez años.  Recuerdo el primer Berlín de mi vida como si fuera hoy.  Astrid me fue a buscar a la estación de ómnibus (yo venía de Hamburgo) en un auto de dos asientos.  Y después me llevó a recorrer la ciudad.  Fuimos por todas partes, vimos los monumentos.  Me invitó a una fiesta en un jardín, alrededor de un fogón.  Me dijo, cuando cruzábamos un puente, “desde acá arrojaron al río el cadáver de Rosa Luxemburgo”.

Dispusimos una amplia tela en el pasto del Monbijou Park.  Están Andrea, Sabrina, Nicole, Doro, Elke, Adriana, y muchxs que no conozco.  Son profesores, colaboradores, alumnes del festival. Nos quitamos las zapatillas y las plantas de los pies tocan el pasto.  Lukas saca fotos, rodamos por la tierra y nos reímos.  Algunxs hacen salchichas en una barbacoa portátil y van repartiendo.  Sobre el mantel hay quesos, ensaladas, cervezas, algunos regalos para Astrid.  Nuestros cuerpos se relacionan con la tela y los recipientes.  Extendemos nuestras manos hacia el centro, y a veces se chocan unas con otras.  Luego llevamos a la boca algo que encontramos.  Componemos uno de esos antiguos cuadros de primavera que vi en mis libros de arte europeo cuando era chica, pero se trata esta vez de una merienda en la hierba del tango queer en el siglo veintiuno.

 

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Mariana DocampoMariana Docampo es escritora y licenciada en letras por la Universidad de Buenos Aires. Tiene publicados seis libros de ficción: Al borde del Tapiz, El Molino (premio Fondo Nacional de las Artes), La fe, Tratado del Movimiento, La familia y V; y la crónica autobiográfica Tango Queer Buenos Aires (Beca del Bicentenario 2016). Es profesora de escritura en distintas instituciones y coordina talleres literarios de escritura y de lectura de manera privada.  Profesora de la materia Lectura para escritores III de la carrera de escritura creativa de Casa de Letras.  Desde el año 2011 dirige la colección “Las antiguas” de la editorial Buena Vista dedicada al rescate de obras de las primeras escritoras argentinas. Es co-guionista del largometraje “Marilyn” (68 Berlinale Film Festpiel Berlin). Coautora del libro de entrevistas “Sara Facio. La foto como pasión” (Planeta, 2016). Es la fundadora del espacio Tango Queer de Buenos Aires y organizadora del Festival Internacional de Tango Queer de Buenos Aires.