Monasterio, Shloimeshi. Martín Glozman

Ilustración: Shirli Raila

Monasterio, «Shloimeshi»

Martín Glozman

 

Monasterio Santa María de los Toldos

19 del 5 de 2021

 

«Shloimeshi sálvate, así podrás después salvarme a mí»

 

Día I

Ingresé al mediodía, almorcé y caminé brevemente por el parque. Tenía necesidad de empezar la escritura.

No sé bien -siento ahora- qué hago acá. Tengo una misión, pero me la armé yo mismo. Y no necesariamente los demás esperan de mí lo que yo estoy pensando que puedo dar.

Pensaba antes de sentarme a escribir que iba a decir lo siguiente: Intentaré no hablar de mí.

No sé cómo bien en este momento, pero hacerlo lo menos posible, mover el eje de mí mismo.

Podría hablar del entorno, de los monjes, del parque, del viaje, pero no sé si eso es interesante o si yo lo podría hacer bien.

Intento continuar Vacío, el texto que escribí en 2019 en este monasterio mientras llevaba adelante la corrección de Tigre, una novela compleja que había escrito durante algunos años.

Pienso ser piadoso y respetuoso con la energía de los monjes.

Dicho esto, comentar que estoy preparando la edición de mi libro El Modelo Dialógico y que probablemente este escrito que realice en el monasterio sea parte de un libro junto con Vacío.

Además, comentar que antes de venir le envié al Padre Osvaldo mi manuscrito elaborado aquí en mi estadía anterior para que forme parte de nuestra conversación.

A propósito de la conversación con Osvaldo y la energía del lugar me temo que yo sea diferente, quizás por ser judío, quizás por mi ausencia de vida en comunidad.

Creo que son muy abiertos ellos al permitir el ingreso de todas las personas sin distinción.

Y aquí estoy, adentro. Sentí mucha tristeza días antes de venir, como intuyendo que mi proceso aquí podría tener vínculo con esa emoción. Aquí también lo siento.

Y en relación a lo que más arriba decía intentaré no centrarme en mí mismo, pero debería poder encontrar la manera de hablar de ciertos procesos de largo alcance, de un modo, al menos, que se vincule con el propósito del diálogo y con el interés, a la vez, de un lector de estos textos.

Pasaron horas de la tarde. Dormí una breve siesta. Por algún motivo me busco a mí mismo y trato de hacerlo en un lugar diferente a mí. Intentaré manejar el presupuesto de que somos parecidos y no pensar que me ven como diferente, ya que es una emoción que me es propia en general, para evitar suspicacias. Recuerdo haber hablado de eso con el Abad la vez pasada.

Es posible que los monjes sean severos, y que yo sienta su mirada. O algunos de ellos. Recién abrí la Biblia al azar y decía que destinaba el señor a los judíos a vagar en carpas por la superficie sin asentarse y sin tomar vino. Me imaginé qué pensarán cuando conversamos y digo por algún motivo que soy judío. Con esta bibliografía sobre el tema.

Y yo pienso después de tanto tiempo de vagar en carpa por la superficie que ya no sé cuál es la diferencia entre ser una cosa y ser otra. Toda cosa que se pueda ser me parece un relato como otros, y no te diferencia verdaderamente más que el azar que hizo tu propia narrativa.

Tanto es así que no tendría desde dónde narrar mi propia identidad para que el diferente la entienda. Y en ese sentido siento siempre la necesidad de dar explicaciones, de ser didáctico, porque veo que aquello que doy por sentado no es así las más de las veces para otres.

Es verdad también que, aunque muchas veces nucleado por la literatura, me vinculo con personas con historias que verdaderamente son diferentes.

Así que retomando mis intenciones de venir hoy a este viaje voy a intentar narrar algunos de los procesos que me trajeron hasta aquí, a este presente, y que se remontan también más allá de mí, mientras que me constituyen con una fuerza mística y cósmica, que me supera y me gustaría tratar de entender mejor. Procesos de los que soy un eslabón, con suerte, en la medida algo siga, pero seguro que sí, porque por suerte me dedico por ahora a la enseñanza.

Cuando menciono esos procesos que me superan me refiero exclusivamente en este caso a mi abuelo Salomón que sobrevivió a la guerra en Polonia y estuvo destinado a algunos campos de concentración en la Alemania nazi.

Mi abuelo era un hombre de carácter fuerte y no sé en qué medida hubiera dialogado teniendo la posibilidad de no hacerlo con alguien que pensaba radicalmente diferente a él. Se nucleaba con los suyos, eso le ha de haber enseñado la guerra y el gueto judío. Las tradiciones fuertes buscan reproducirse y no en toda medida transmiten la facultad del diálogo pese a todo.

Mi abuelo no entendía por qué yo estudiaba la carrera de Letras, de hecho, me preguntaba una y otra vez qué era esa carrera y qué utilidad tendría. Era duro para hablar, y aunque tenía buen sentido del humor dentro de su área de conocimiento, no manejaba matices por fuera de la misma. Era muy rígido.

Así me siento yo para pensar mis propias cosas. Muy rígido. Me gusta haber llegado a este punto porque surgió de la escritura y es algo sobre lo que querría hablar, quizás más adelante.

A propósito de volver a hablar de mi abuelo, porque llevo la vida haciéndolo, al menos desde que comencé a escribir, traje conmigo una vez más su libro Sigamos adelante… (Abi Vaiter…) donde habla de la guerra y narra sus propias memorias. Lo leí una vez, con muchísimo esfuerzo, en 2003, cuando lo publicó, para poder hacer una presentación del libro en Amia junto a otros presentadores. En ese texto que escribí hablaba de una frase que mi abuelo decía cada vez que venía a cenar a lo de mis papás, mientras ellos se preparaban para venir al living y él quedaba con Lala, su esposa desde que yo tenía memoria.

El televisor quedaba prendido y yo me acercaba a hacer algo de presencia, con incomodidad también y alguna necesidad de cubrir a mis padres que todavía no venían. “¿Cómo están?” -les preguntaba. El abuelo me hablaba en esos momentos del libro que estaba escribiendo en su lengua materna, el idish, de manera manuscrita. Yo le volvía a preguntar cada vez. Y él repetía las mismas frases como sentencias que caían desde un peñasco con el peso de las rocas en el vacío del silencio. “Hay mucho que dejo de contar”. No decía nada más. Me repetía eso. Y yo me quedaba esperando. No sabía en ese entonces qué era lo que sí contaba. Y ya sabía que había un resto incontable. Luego, mientras preparábamos la presentación él repetía también que esa presentación era como subir una montaña, por ahí la más alta, y la última de su vida. De hecho, fue así, falleció al año siguiente, en 2004.

Cómo lo extraño al abuelo. Cómo extraño esa vida, tan plena de sentido, y tan carente de dudas en lo aparente. Cómo desearía ser así yo mismo, y cuántas dificultades pasé, me refiero mucho a lo cognitivo y psicológico, crisis existenciales, etc., quizás por haber estado tan lejos de su luz, de sus propias certezas. En la sombra crecen los hongos, se me ocurre decir ahora.

En aquella presentación tomé su primera frase, esa que recitaba “Hay mucho que dejo de contar”. Y yo decía sobre ella, que éramos nosotres, sus nietos, en gran medida eso que él dejó de contar, y que lo seguiríamos contando, como una suerte de misión imposible de evitar.

Pero me pregunto después de dos décadas de trabajo y crecimiento desde entonces: “¿Hay algo que dejó de contar?” Y sobre todo: “¿hay una misión?” O más precisamente: “¿hay algo que yo haya contado que no hubiera podido contar algún otro?”.

Disculpen esta falta de confianza, pero si alguna certeza de confianzas me gané después de tanto tiempo de búsquedas y pesquisas es que toda búsqueda parece prescindible. Y trato de llorar al decirlo.

Es que en verdad hay algo heroico en el que busca y no siempre hay garantías externas, quizás sí algunas culturales. A las que cada une, a su manera, se aferra.

Dejo en pausa, me voy ahora a la capilla a escuchar las oraciones de los monjes. Espero con el alma que algo de la paz del lugar me llegue y me reciba, porque en verdad lo necesito. Y si puedo, me gustaría contribuir con algo de paz también al entorno.


Martín Glozman, escritorMartín Glozman nació en Buenos Aires en 1979. Es escritor y docente, graduado en Letras por la UBA y Magister en Escritura Creativa por la UNTREF. Inició el proyecto La copa del árbol en 2020, durante la cuarentena. Escribió diarios desde 1998; publicó los libros Salir del Ghetto (Tersites, 2011), Help a mí (Milena Caserola, 2012), No hay cien años (Milena Caserola, 2016), Documento de María (La Bestia Equilátera, 2017) y Un libro sobre el diálogo (Buena Vista Editora, 2021) que ha sido traducido al inglés (Buena Vista, 2023). Editó las colecciones Naufragios en Milena Caserola y Diálogos en Caterva. Fue docente en la UBA en Literaturas Eslavas y Literatura Europea del Siglo XIX; en la Universidad de General Sarmiento (UNGS) dictó talleres de Lectura y Escritura académica (2015 a 2022) y en La copa del árbol de Escritura creativa. Forma parte de la Red internacional de Prácticas Dialógicas en el marco de la cuál co-organizó la V Conferencia Internacional de Prácticas Dialógicas en Buenos Aires, en 2019. Coordina grupos de diálogo junto a otros terapeutas.