El libro de Pio
La tierra de caballos no te perteneceVanesa Guerra Malmsten
Primera entrada de la novela inédita El libro de Pío de Vanesa Guerra Malmsten
Apiádate de mí, Señor,
en los caminos polvorientos de San Giovanni, cuando la conciencia se vuelve inhóspita y el demonio del mediodía acecha, ten piedad alma mía, porque la sombra y la presencia se funden. Que pase, te ruego, la noche del sol negro, la visión del sueño en el desamparo, la luz cayendo a pleno sobre el cuerpo, cegando el contorno, Señor, Santo Inmortal, yo que nada veo, dame ojos para besar a mis hijos, oídos para hablarles y quédate conmigo, Alma de Misericordia, ¿no ves que no sano?
Al alba van llegando delicadas las plegarias; sueltan las campanas al vuelo y el tañido no aturde benteveos. Un remolino de aves corona una gracia, el árbol amable da su fruta oliva.
Veo a los peregrinos sobre la escarcha al costado del camino, contemplan la línea imprecisa que ha despeinado el horizonte cárdeno.
Hay una rama fina y verde en la mano del niño. Un caballo viejo lo sigue. Gris celeste, labios rosados. Ha sido blanco, dice. Ha sido fuerte.
Ábrete corazón, memoria antigua.
En ese monte de olivos el hombre siente miedo por primera vez, el abandono le llaga la esperanza, ve el futuro como si viera la arenisca que ahora pisa, también ve a la mujer que en otro tiempo escribe esta historia. A sus pies, golpea las teclas y atiende a la luz calurosa que la envuelve y la recorta. Él ha sido un niño perdido en el templo. Lleva el dolor en las manos desde entonces como un crepitar de piedras que suenan a dados de marfil.
El azar no llegará nunca, El hombre no llora el ardor de la suerte.
Así desciende y nada en una laguna apestosa.
Bracea y bracea Viel Tempeley y con un hilo de aire ata un pez azul. Como perro de ciegos la guía y le dice: el verano que resucitemos, tendrá un molino cerca, con un chorro blanquísimo, sepultado en la vena.
El señor se acuerda de mí. Memoria huérfana, ¿cómo sabe el pan de aquellos días? Compartamos esta ausencia, este es el pan que se ayuna. Tan cerrada es la noche, piensa el peregrino y Pío le escucha.
Así es de cerrada aquí y allá, porque la sed nos angosta en horas difíciles.
Va solo por los caminos colorados, la noche temprana se ha llevado la luz y sabe que después de la gruta donde se ha postrado el día entero, la senda se internará entre vacas y caballos, y a campo traviesa, con un suceder de imágenes de todos los tiempos, una compañía espectral ahuyentará demonios crepusculares.
Chillan los búhos cuando el paso es cercano a la madriguera donde esconden polluelos; el peregrino sabe que habrá tronado su andar ligero en oídos suavísimos, sabe que no siempre se es bienvenido; trastabilla cuando un aletear sobrevuela su cabeza y le zampa un ardor de fuego que le ha tajeado la comisura del ojo buscando la sien. Las hondonadas camperas dan espesura a la visión: de lo negro a lo más negro y a un refulgir terrible de la roca con la estrella.
Reanudando quisiera la memoria ¿cómo es acostumbrarse a lo oscuro? Lo que presumió una cruz es un cartel oxidado; le da al pecho el poste de eucalipto trunco que sostiene una chapa angosta y larga, mal clavada y que lo cruza en espejo de hombro a hombro y en un continuo de letras anuncia el paraje de San Nicanor.
El camino rojo es un cauce seco, un derramado de piedritas de agua, cuarzos blancos, basaltos, ágatas, ámbares partidos que destellan minerales galácticos y le recuerdan que al fin de los tiempos el agua se volverá pétrea, y la sed eterna. No ve el camino, no, no ve lo que serpentea hacia arriba y hacia abajo y aún torsiona su discurrir entre la tierra y el cielo. No. Solo presiente un corredero de sombras, quizá detrás de algún alambrado de púas la inquietud vaya ganando la cacería. Un cosquilleo despierta entre sus omóplatos. Son cuatro caballos, le sopla Pío al oído como quien silba para no pensar. El peregrino asume cuando uno da la vuelta y con galope atropellado se aleja, pero los otros, tan quietecitos, han juntado sus belfos humeantes para hablar en secreto cosas grises y plateadas, bajo una luna vieja que robó la voz a una flor de anís. Sabe que los colores engañan, su errático existir de la luz depende, sabe que el espíritu de las cosas cambia su color todas las veces. Ni la piedra se debe por su luz a una identidad, porque todo habla infinitos lenguajes con esa boca iridiscente.
Ahí sus ojos reverberan luminiscencias, según se los mire en la hora nocturna, o en el alba naciente, parecieran manifestar los ojos del aire, el aire que todo lo ve porque el espíritu escapa por los ojos y va de paseo sobre las cosas y luego el espíritu se vuelve cuerpo y el cuerpo se torna y regresa como el espíritu de lo que se ha visto.
Y el peregrino ha visto los ojos verdes del rocío austral,
los ojos ámbares de las canículas
los violáceos antes que desate la tormenta
anticipado el rayo cayó cercano y el peregrino se descubre, ahora mismo, en la cabina de un auto, el peregrino está dado vuelta en la cabina de un auto dado vuelta. El parabrisa estallado, el campo y su verdor entrando como una luz de rompecabeza. El sonido del motor encendido y un baho contenido a nafta.
Como en estado de duermevela el peregrino va cambiando. Biloca como el Santo Pío. Va en un tris de la noche en el campo, al mediodía en el campo. Va de a pie en el campo, a estar al revés, atado a un asiento, en medio del campo en un auto patas para arriba.
Pío le habla, él quisiera contestar. La memoria en pedacitos quiere volver y contar, quiere decir qué hace, dónde está, cómo llegó, quién es y quién era hace unos instantes cuando habló con los caballos con esa boca tan anisada y lunar.
No sabe si ve o si recuerda, pero hay una nave acerada sobre el monte de eucalipto, a la vera del camino, flotando serena sobre añosos árboles de cortezas entregadas y troncos desnudos color hueso y, la nave, ahí mismo como succionando el tiempo, como una piedra gris ovalada, suavísima, limada por las aguas de los ríos del deshielo, esas piedras, sureñas, desprendidas de las altas montañas, trabajadas por las eras glaciares no podría encontrarlas en el río Uruguay, aunque el Uruguay no es un rio, es un cielo azul que viaja, pintor de nubes y naves en el espejo retrovisor de un auto dado vuelta, naves suspendidas sobre las copas altas de los eucaliptos frondosos. Una suspensión así, tan silente, es la textura misma del silencio en un día acallado de nieve. El monte perfumado de frescura, gozado de nave y nube, entra por la ventanilla del auto y le embriaga de luz fragante.
¿Y esa gran obsidiana en el camino, más abierta que partida, esa obsidiana con agua retenida en una eterna burbuja? Las piedras de agua son el tormento de quienes tienen sed. ¿Te dije que tengo sed? ¿Te dije que sólo tengo esta piedra? ¿Te dije que no quiero acomodarme a una soledad que borre las pequeñas cortesías para con los otros?
Pareciera que Pío combate contra un demonio.
Veo en tus ojos el desierto, Dios olvidó este lugar, ahora estás conmigo, me perteneces. Mi flujo es una turbulencia, mi vórtice un clamor que abruma.
Va clareando. Al peregrino lo vence el cansancio y el miedo. ¿Qué es eso? Algo llora en él. Parece un niño que gime. Las voces frondosas de los árboles mecidos por la brisa, el millar de bocas en las hojas de los álamos, ese platear del alba en una conversa infinita de pájaros, luz y ramaje. El aletear sordo retuerce el nogal y al mirar hacia arriba reconoce la luna blanqueada como uña del cielo.
Cae. Se desploma. Las nubes lo van cubriendo, como es arriba es abajo, desplazan sus formas vacuas y espesas de sur a norte y van le tironeándole de los pies. Cuando todo se encapota, aquí todo relumbra. En la lluvia, tenue y pareja, el tiempo va desdibujándose. No sabemos si es la mañana o la tarde, el mediodía o el final del día. Bajo la lluvia leve e incesante, el horizonte se cierra y nos va rodeando. Hacia donde se mire llueve, las vacas pastan tranquilas, algunas aves montan sus lomos. Entre las nubes bajas y móviles, los caballos quietos atienden a algo que los humanos no comprenden. ¿Qué ven? ¿Por qué relinchan? Las nubes bajas llegan de todos lados, algunas se elevan de la tierra mojada, ascienden a unos pocos centímetros de los pastos bajos rapados por los animales. El peregrino duerme su desmayo.
Es un curita, dicen que dicen, ha perdido el control del auto. Andaba despacio sobre el camino de tierra y piedra. Tiene pie liviano, anda orando, aquí y allá, pero se le fue de costado un poco antes de tomar la curva, al final del monte de eucaliptos de la estancia de… de… ¿cómo es que le dicen al paisano que enviudó ahora, ayer, recién? Le dicen Recién. Bueno, se le meció el coche hacia la derecha, hacia la izquierda como si bailara un bólido, tan agarrado a la tierra iba, pero cuando lo quiso acomodar se le fue de cola, y coleó-coleó, para mi quiso peinar el pedal para dar dominio y el pie se le fue solito hasta el fondo. Qué va… se lo tironearon, si, si, así que volvió a irse de cola qué se yo cuanta vuelta y entró a los tumbos por el cauce seco del zanjón que ya parece un río ladero abajo del camino, a la izquierda del alambrado, si… sobre las piedras enormes saltaba el auto como una centella loca, en caída libre desde la altura. Por acá, la poca gente que anda vuelca bastante.
-así dicen, sí… ¿Y usted quién es?
-… soy uno que volcó no sé cuándo, pero no volví a encontrar mi auto, era azul, ahora sólo está el del curita sin sotana, que es negro. Mire, ya la gente va llegando, habrá visto, se cuelan finados y volcados, y eso que es un camino menor. ¿Usted también escuchó las voces?
El peregrino despierta.
La sombra erguida a su costado de un hombre que lo mira se inclina apenas para hablarle:
-Esperemos que el tiempo nos deje llegar a La Aurora. ¿Ayudo? Con tanta agua no creo que tenga sed. Venga. Pise con cuidado porque hay más yararás por la crecida.
Al rato, el hombre que camina un poco más adelante dijo que lo llaman César. Calza una boina vasca negra, una bombacha color caqui, botas altas de cuero marrón gastado, es amable, respetuoso. Huele a campo, anda a pie sin escándalo bajo la lluvia ligera. Cada tanto César, voltea para ver que el peregrino lo siga. Su mirada es una compañía que parece silenciosa.
El peregrino descubre que tiene un tajo en la mano, un tajo que cruza las líneas de la palma izquierda, la sangre está seca y la zona un poco inflamada, al pasar la lengua sobre la herida se descubre manchada la camisa. No sabría precisar cuándo se lastimó así. Quizá cuando al caer apoyó la mano sobre un filo, porque hay tanta piedra… Algunos dicen…
-Algunos dicen que debajo de estas cuchillas filosas está la ciudad de Brill. Los que llegaron anoche, contaban que a las luces las escupió el río como un borbotón de espuma y chispa. Andaban trepados en las tranqueras, unos, y a otros se los vio colgados de la baranda del puentecito que cruza sobre el río Daymán; a la noche crece, crece, sube con una sibilancia de cascabel. No, no, tampoco es un río. Es un culebrón.
Nunca salen bien las fotos -continúa César-; el hijo de Don Laureano me trajo una kodak impresa de los años 70 ¿vio las que eran cuadraditas, con bordes redondeados, opacas? Viera la foto, estaba la yegüita blanca, la que estaba con el padre el día que se lo llevaron quien sabe adónde; el hijo de Don Laureano contó que la yegua relinchó tanto que salieron del rancho a ver qué pasaba, la hija salió y volvió a entrar para terminar la comida pero el padre salió disparando con el perro, porque creyó que le estaban cuatrereando a los animales; se adentraron en la noche a pescarlos, fue atrás del tajamar, fue para el lado de los corrales y bueno, empezó a tardar, tardo y tardó y no volvía, no volvió en toda la noche, ni él, ni el perro. Y la mujer pobrecita, esperándolo. A la mañana la hija agarró el caballo y fue por ayuda. Después de ese día el perro que estaba con el padre y que también se llevaron, volvió a la casa y no quiso salir nunca más de abajo de la mesa. Viera, el pobre animal, llegaba la noche y era un temblor, la cola entre las patas, un aullidito, como si le doliera no sé qué cosa adentro de la cabeza.
El peregrino siente una respiración agitada detrás de sí, como quien viniera corriendo para alcanzarlos. Al darse vuelta, el hombre volcado del auto azul, sin aire le está discutiendo con un hilo de voz algo a César y todo lo agita con amplios ademanes. No pareciera que Cesar escuche. El peregrino tampoco entiende lo que dice éste que dijo que volcó no se sabe cuándo. Le resulta una cara tan familiar que da gusto. ¿De cuál auto negro habló? si el peregrino no tiene un auto negro… el peregrino peregrina porque no tiene auto, anda a pata, y a pata suelta está considerando al menos un par de cosas:
este que ahora habla, llamémosle Azul, para achicar el desconcierto, lo ha conocido en sueños, entonces si lo conoció y le habló en sueños, ¿sigue soñando el peregrino? o ¿Azul ha cruzado un umbral?
¡Eso qué importa! ningunea Azul, buscando la razón, acá pasa lo que pasa, y don Cesar se hace el sordo. ¿Usted tampoco me va a escuchar? El pobre hombre de Laureles, Don Laureano, no volvió a hablar, pobre viejo, perdió la cabeza en una nave, se lo llevaron, se lo llevaron, porque se metió en el medio y a ellos eso no les gusta. Le estaban robando el agua del tajamar y los caballos se espantaron por la luz y ese zumbido que acuchilla … el hombre los fue a buscar, fue a proteger sus animales y la nave se lo engulló y después de torturarlo de infinitas formas lo largaron en un islote cruzando los dos ríos. Llovía a cántaros, y cuando lo encontraron, perdidísimo, el viejo estaba seco, con el poncho y el sombrero, seco, con las botas secas, todo seco, a pesar de la lluvia y además ¿cómo iba a cruzar los ríos a pie? Acá el problema no son las yararás. Mire bien qué pisa.
El peregrino que estaba tratando de considerar una segunda cosa, descubre que la ha olvidado.
Azul lo mira y le interpela: su segunda cosa es que tiene una laguna apestosa en la cabeza, lo que significa que usted no tiene idea alguna de cómo ha llegado acá. Acá conmigo, acá con César, que ahora es sordo.
Dígame, ¿Usted sabe cómo se llama? No me lo diga. No se aflija. De ahora en más vamos a llamarle El peregrino.
Vanesa Guerra es escritora y psicoanalista. Algunas publicaciones: La lengua del desierto- notas. Colección Agalma- dirección Alejandro Schmidt. Buena Vista Editora. Córdoba 2020. Con Beca de Circulación y Promoción 2019 del Fondo Nacional de las Artes. Walser, traductor del limbo. Un ensayo. Bajo la luna, 2017. Buenos Aires. Síndrome del Montón (novela). El 8vo Loco y Tren en Movimiento Editores, #ColeccionFueradeSerie Argentina, 2016. (Novela Finalista en La Resistencia Editorial Alfaguara y elFoco.com, México 2001) Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo (novela) Editorial Bajo La luna, 2012. Buenos Aires. La sombra del animal (relatos) Bajo La luna, 2008 – Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes; Argentina 2007. Metáforas del lunar conyugal (relatos) Colección La Buena Pipa. Editorial Nueva Generación, 2000. Buenos Aires. Próxima publicación: Dónde tienen la boca estos peluditos? Libro de cuentos con primera mención de honor en FNA 2019. A partir de Julio de 2021, codirige junto a Daniela Mac Auliffe la Colección Agalma de poesía y ensayo. Buena Vista Editora, Córdoba.

