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HORACIO
Horacio, erguido en el muelle, alza el hocico. El sol le da lleno en la cara, ilumina el pelaje dorado de la trompa. El Carapachay sin oleaje, quieto, acompaña su ánimo. Las tardes son para meditar, puro presente. Mira pasar lanchas sin subirse a ninguna, no ladra, ni aúlla. Tiene los ojos almendra clavados en el rancho de enfrente.
Recuerda las comilonas con Beltrán y Fito. Meses de gira por la isla, yendo de casa en casa, lamiendo toda parrilla que encontraban por el camino. Corrían turistas y se escondían bajo la mesa cuando venían los sopapos. ¡Qué aventuras! ¡Qué delicia! Lamían los huesos hasta dejarlos pelados y después se revolcaban por el pasto. Dormían la siesta, jugaban un rato y se iban. A veces cruzaban nadando aunque, después de que Fito perdió la pata, empezaron a cuidarse más. Algunos lancheros son un peligro, pasan a toda velocidad por arroyos angostos. Y la Prefectura nada… Qué humanidad más cruel, que bueno que nació perro, y no solo perro, perro isleño. Beltrán y Fito vienen de la ciudad, hasta tuvieron dueño. Él siempre eligió la vida salvaje. Nunca quiso atarse a una persona. Y eso que pasó hambre. Las épocas de camalotes y serpientes venenosas fueron muy duras. No venían turistas, se pasaba horas en el agua tratando de enganchar algo y como no tenía éxito casi siempre terminaba robando a los pescadores. Los engañaba en los muelles. Se hacía el amigo compinche y, cuando el hombre picaba algo, metía el hocico en el balde y de un mordisco se llevaba algún boga o tararira y escapaba corriendo. Un día hasta mató un gato para comer. Qué feo. El recuerdo le da arcadas.
Al Fito lo encontraron unos profes de yoga solo y rengo dando vueltas en una playita del Capitán. Les habrá entrado por el lado del aguante, sin una pata y se la banca, deben haber pensado. Horacio apoya toda la trompa en las maderas del muelle, las orejas se caen a los costados. Supone que a estos pibes les atrae que sean isleños, se dan cuenta de solo mirarlos un buen rato. No desesperan por cariño a menos que busquen algo a cambio: comida o techo para dormir. Siempre putean a los que andan, trompa parada, arriba de las lanchas último modelo de los chetos de San Isidro. Allá lejos se lo llevaron los hippies, a su casa en el Pacífico. Y ahora el rengo Fito duerme entre plantas de cannabis.
Beltrán, por su parte, eligió el calentito de la salamandra todos los días pero a costa de tener que rendirle cuentas a sus dueños. Terminó en casa de una pareja de cineastas en el Rama Negra. Que dormís afuera, que vos tenés tu comida, tu huesito, tu cuchita y no nos llegues a mear adentro que se pudre, ¿entendiste?
No es para mí, se convence Horacio. Estira las patas, bosteza. Qué modorra. Se hace un bollo en las maderas del muelle, duerme una siesta y sueña con una ex compañera de travesías. Mariela, una negra hermosa, que corría rapidísimo y jugaba como ninguna. Con ella iba de rancho en rancho, durmiendo cada noche en un lugar distinto, hacían tremendas comilonas.
¡Cómo olvidar la vuelta del atraco a la lancha almacén! Había sido un sábado, el único día de la semana que la Costerita entregaba carne a pedido. Desde la escalera del muelle estudiaron cada movimiento. Apenas escucharon a Cachito que hablaba con Don Emilio sobre el corte de luz después de la crecida, con Mariela se miraron y entendieron que era el momento. Saltaron por la parte de atrás, olieron todo hasta llegar a la heladera de la carne. La voltearon, metieron el hocico, y con un mordiscón se llevaron el pedazo más grande que pudieron. Cuando Cachito se dio cuenta, pegó un grito, pero era tarde. Horacio y Mariela ya estaban corriendo por la costa con su presa entre los dientes. Esa noche, en un muelle abandonado, comieron una de las carnes más sabrosas que Horacio tenga memoria. Después de juguetear y olerse, hicieron el amor. Él, montado sobre ella, jadeaba con la lengua afuera, mientras la atrapaba con las patas. Sus cuerpos, fundidos en el sudor y el aliento a carne.
Una lancha lo salpica, abre un poco los ojos. Entredormido, se esfuerza por no perder la imagen de la negra: ágil, rápida, siempre el mordisco justo. Le encantaba verla dormir, toda despatarrada, y levantarse de golpe cuando sentía algún bicho zumbando en la oreja.
Se levanta de la siesta. Se da cuenta de que está moviendo la cola como loco. No puede pensar en otra cosa que no sea en buscar a la negra Mariela. Sale a caminar por la costa del río. Hace una parada estratégica en otro muelle, toma un poco de agua, mete la cabeza en el tacho de basura, lo tira, rompe las bolsas y revuelve. Encuentra algunos huesos con algo de carne y otras sobras de comida que no le interesan. Panza llena, sigue la marcha hacia el Paraná, cabeza gacha, huele el pasto a cada pisada.
Así pasa semanas sin encontrarla, casi todo el tiempo solo. Ya no está para ranchear o jugar con cualquiera. Le da pereza: olerse bien, reconocerse, ganar confianza, estar seguro de que no lo van a atacar. Duerme debajo de algún sauce o de cualquier rancho deshabitado, come de la basura o sale de caza por el monte en busca de algún ratón. Cada tanto engancha a La Costerita y Cachito le tira un mejunje de grasa con hueso de vaca o cerdo. Pero no se hace mucho problema, siempre algo encuentra. Incluso llega a comer naranjas y ciruelas de los frutales. Cuando el camino se hace imposible, cruza arroyos nadando, aun con corriente en contra y su poca destreza. En el muelle se sacude todo y se seca al sol. Y entonces recuerda el aroma intenso y dulzón de la negra Mariela, estira el cuello y aúlla.
Un día, mientras olfatea pastizales en el monte siguiendo un olor dulzón, siente unos ladridos agudos que suenan todos juntos. Corre a lo loco, como no lo hacía desde las andanzas con Fito y Beltrán. En un descampado se encuentra con una jauría que, bajo la luz de la luna, despedaza a un ciervo. Bañados en sangre, pelean por llevarse el botín de caza, se montan unos sobre otros, se muerden, ladran, lloran. En plena riña Horacio se abalanza, mete el hocico y mordisquea un pedazo, cuando gira para escapar, se le tiran encima. Uno le clava los dientes en la pata, otro va hacía el bocado y se lo saca.
La jauría huye y se lleva a su presa. Despierta dolorido, con unos lamidos que reconoce bien. Otra vez se da cuenta de que está moviendo la cola, olfatea todo lo que puede: inconfundible, es el aroma dulzón de la negra Mariela. Quiere irse con ella, volver a las andanzas: los atracos, las comilonas, las siestas en muelles abandonados. Hace un esfuerzo por levantarse, se concentra en su olor inmenso, como la crecida del río, pero se desploma sobre los pastilazes. Queda tendido en un charco de sangre, los ojos se le cierran.
Luciana Strauss es socióloga, docente universitaria y escritora. Es profesora de talleres de escritura y de tesis en IDAES-UNSAM y en el Centro Universitario de San Martín (CUSAM), que funciona en la Unidad Penal N° 48 de José León Suárez. Co-coordina, junto a Lucía Álvarez, el Programa de Escritura en Ciencias Sociales en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la UNSAM. Publicó artículos, reseñas, ensayos y cuentos en revistas académicas en ciencias sociales, de divulgación y literarias. Fue finalista del Primer Concurso de Narrativa Bernardo Kordon, organizado por las editoriales Conejos y Paisanita (2015) con la novela El Ente, que salió publicada en 2018 por la editorial Alto Pogo.
ph Mailen Albamonte Pizarro