Sobre Actos mínimos, de Carlos Battilana. Pía Bouzas

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SOBRE ACTOS MÍNIMOS, DE CARLOS BATTILANA

Pía Bouzas

 

La fuerza del acto y la fuerza de lo mínimo: en el libro de Carlos Battilana editado por Kuntsugi (2022), estas dos energías se convocan y se ligan como un aliento subyacente que recorre e hilvana los fragmentos. Poemas, breves escenas, apuntes para una poética, memorias de infancia, lecturas y ensayos breves, van dando forma a un mundo que se despliega flotante y polifónico, y a la vez delicadamente convencido de su condición.

Está lo mínimo: “una ramita, un roce del aire, la ínfima luz que regresa por la mañana” y está el acto: “el acto de mirar, de recoger la piedrita que olvidó el capital -me digo- es una fuerza.” De la experiencia material propone rescatar lo que se descarta, lo que no entra en el circuito del mercado, regido por la venta de la fuerza del trabajo y la apropiación de la plusvalía. Mirar, recoger una piedra, leer, escribir, son instancias de liberación o fuga. Leer es una forma de estar en el mundo, de dar sentido a signos que en otros sistemas carecen de valor. En Actos mínimos, Battilana ensaya escenas variadas de lectura y escritura, que ligan la experiencia del mundo con el lenguaje. Aparece entonces la posibilidad de una lengua privada. Ricardo Piglia dice buscar en su libro El último lector “una historia imaginaria de los lectores”, una historia que se preguntaría “no tanto qué es leer, sino quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia)”

Y por qué no, creo que es posible pensar que la construcción de una figura de lector es el corazón del libro de Battilana.  Un lector que promueve la “contemplación andariega” que va de las playas de San Clemente al potrero de la infancia y a Chivilcoy tras la figura de Cortázar, pero que también se demora en la observación microscópica, minuciosa, propia del lector especializado, como queda en evidencia cuando comenta el tango “Tristezas de la calle Corrientes” y señala: “El autor comparaba la avenida con un ‘río /sin desvío’. Esa rima próxima era un hallazgo pues le daba una resonancia al texto que, en algún punto, lo independizaba de los acordes.”

Desde el vamos, en Actos mínimos leer es un hecho revolucionario porque se sustrae de manera radical a las leyes del mercado: no produce renta económica, es puro gasto y derroche de tiempo. Una de las primeras escenas de lectura nos trae a Battilana lector del conurbano, joven profesor que pasa muchas horas por día viajando en colectivos y trenes, y descubre en ese destino  de tiempo “perdido” una suerte de “beca”. Y entonces le saca provecho: es un tiempo ganado para la lectura y robado al trabajo. En esa línea también leer puede expresar una voluntad extrema, como cuando relata la historia de un compañero de trabajo, quien en medio de una ruidosa sala de profesores, en vez de conversar con los amigos, se enfrascaba en los textos de Mansilla, inexpugnable al mundo como “Silvio Astier frente a las demandas de su madre”.

Pero hay más, en otro pliegue de la figura de lector, una vez fabricado el tiempo que la vuelve posible, la lectura cobra una dimensión vital: es, podríamos decir moviendo un poco las palabras del texto, “un acto de fe. Y como sabemos la fe es un acto misterioso, pero no insensato”. Leer y dejarse conmover por las palabras que lee es la clave de esa pasión que hace girar en sentido contrario las agujas del reloj. Battilana lee y son innumerables las citas de sus lecturas, poetas que aparecen como verdaderos compañeros de ruta: de Diana Bellesi y Estela Figueroa a Pizarnik y Kavafis, de Martí y  Darío a Carver, Sam Shepard y Edgardo Zotto. La lectura siempre ocurre en una escena, un micro de larga distancia, una pizzería frente a la estación de trenes en la madrugada, el patio de una casa de infancia. ¿Qué buscamos en los textos que leemos? ¿De qué manera esos paisajes que proponen los poemas, las canciones, las novelas conforman nuestros propios imaginarios? Battilana va y viene por estas preguntas, reflexiona en un tono sereno y amable sobre lo que encuentra y descubre, lo que vale la pena compartir. La lectura y la escritura se vuelven actos de religiosidad laica, de solidaridad  humanista. Un acto mínimo, de fuerza intangible, que nos enlaza. Si el trabajo por el dinero resulta alienante, el trabajo de la escritura (de la reescritura) resulta liberador. El acto (mínimo) de encontrar el matiz y el detalle después del primer borrador forma parte de la naturaleza misma de la escritura poética.

En muchas ocasiones, leer no es acertar sino desviarse de lo esperado, redescubrir el valor de palabras como “bondad”, “idealizar”, y sustraerse al influjo de otras como “sustentabilidad”, “costo laboral”, “flexibilización”. Salirse de lo requerido y habitar el lugar del no entendimiento, lejos de ser un problema es la posibilidad de la aparición de una lengua y mirada propia, privada, desalienada. Como en la escena de origen donde un Battilana niño lee de manera desviada los problemas de matemática. En vez de concentrarse en los números y las proporciones que planteaban los textos, se concentraba en la materialidad del mundo que proponían como algo subsidiario, subvirtiendo la lógica de la rentabilidad. Dice: “Y por venganza al desprecio por parte de la ciencia matemática de nombres como ‘Miguel, Mariana o Mabel’, de objetos como ‘caramelos’ o ‘galletitas dulces’ (….) estimo que me entregué a las divagaciones y la distracción.”

Actos mínimos, entonces, propone una urgente y gozosa liberación a partir de un estar en el mundo que reivindica la oportunidad del desvío, el desacierto y el asombro, cierto humor ligero y una escritura vitalista y sencilla, transparente. Aunque lo sencillo, tal como señala el propio Battilana respecto de la poesía de Baldomero Fernández Moreno, y vale para su propia escritura, sea una de las operaciones más complejas de la escritura literaria.

 


Pía Bouzas. Lic. en Letras por la UBA. Publicó los libros de cuentos «El mundo era un lugar maravilloso»(2004), «Extranjeras» (2011), «Un largo río» (2015), «Una fuga en casa» (2018) y «Mundos en disolución» (2023). Coordina talleres de escritura y clínica de obra. Enseña literatura y escritura creativa en NYU Buenos Aires y en la Universidad Nacional de las Artes.