Foto: Shruti Singh on Unsplash
DODGE POLARA
La araña que picará la mano de F no sabe que va a morir. Tampoco sabe de manos ni de mujeres que temen hasta el salto el vaciado estertóreo de un tubo grande de aerosol venenoso. La araña lleva otro veneno en sus pelitos largos y alguien ha comentado que cuando crecen lo suficiente le depilan las seis patitas al fuego y las comen como si fueran cangrejos de carne blanca. Hay que ser bien asqueroso para andar comiendo esos bichos con todas las cosas ricas que no abundan en el planeta, dice F agitando la mano que ya es un globo nada agradable. L trae Pervinox del baño, estaba dentro del botiquín, ¿te dije adentro del botiquín? No, no me dijiste, pero lo encontré; y mientras derrama sobre la puntita roja del globo que nace del muslito del dedo gordo, grita con espanto que está vencido. Un medicamento vencido es inocuo, salvo ciertas excepciones que mutan a líquidos letales. L enjuaga o lava desesperada la mano de F porque teme haber hecho lo peor. F la deja mientras asume que el globo sigue creciendo y que una guardia o algo parecido sería un destino oportuno.
Primero habría que encontrar las llaves del auto. ¿Alguien vio las llaves? Yo vi las de una casa, dice alguien con ganas de decir algo como si tal cosa fuera una clave para alguno de los que está ahí, alguno de los que no saben discernir si el problema es grave o es sólo una estupidez que arruinará un asado de campo. ¿Y cómo eran las llaves? pregunta F con algo de sorna a ese flaquito que nunca le cayó bien, ¿alguna seña particular? Mh, sí, hum peluche tipo azul tipo delfín ¡Esas son las del auto! grita L ¿dónde las viste? El flaquito no recuerda adónde las vio, porque las vio hace mucho, digamos que las vio al mediodía y ya andamos por las seis de la tarde y el asador no parece muy ducho y los que no se fueron en vino se fueron en otros venenos.
F cree que la mano se le mueve por dentro. La sensación es vaga, pero a medida que se dispone a sentir, la mano, efectivamente, se mueve por dentro. El globo crece; debe ser el líquido desplazándose, aventura L que busca las llaves y ya pide cualquier llave de cualquier auto para socorrer a F.
F no puede creerlo, sentada observa su mano, claramente ve cómo se infla, parece un pez globo, o un pez limón, no, un pez globo, el pez globo: ése que anda nadando con boquita de labios carnosos, sonriente y dulzón, salpicado de ocelos el cuerpo dorado, sin escamas pezunas, pero asustado de algo -de sí, muy de sí- la inflamación sin retorno inicia y traga agua y agua e inundada la voluntad de nado flota opíparo al borde del reviente con esas espinas negruzcas y verdes que esa pielcita tersa descompuso en la defensa. Ay, erizo, flotador mortal, destino de pez globo: si tiene miedo mata, dice F. El flaquito que aún está con cara blanca nieve agrega que eso es bastante ordinario, cualquier chorrito de buenos aires lo hace: tiene miedo, frunce, hincha, saca fierrito… por eso hay que exterminar lo que daña, en Japón a estos bichitos los preparan como manjar de riesgo, delicadezas culinarias, un mal corte, un roce del filo en el hígado y la tetra…de la tetrodotoxina derramada usufructúan los nipones resentidos y asesinan a clientes ricachones: en el barrio tokiota de Ginza una mujer pidió Fugú Ponzu Kimo y murió paralizada y lúcida sin hacer siquiera mueca, si importaran Pez Globo sabríamos deshacernos de unos cuantos heades; a ver: mucha gente poco espacio, esto no es Tokio…
a F le duele el pez y la cabeza y en la punzada evoca porqué no tolera al flaquito: el infame alardea de aséptico, y esta mañana bien temprano votó mata putos, mata gente, mata muertos de miedo; lo odia porque el tipo no acierta a descubrir que él también será parte de la matanza, lo que significa que lo odia por estúpido, porque la estupidez es peligrosa, acentúa: es peligrosa, y lo mira y aún lo mira más y se desdobla la imagen y son como dos flaquitos o tres o seis con varios ojos y a L se le dibuja un hoyito en el cachete y busca otro medicamento que no encuentra en un bolso profundo y profuso en cierres y pliegues frente al flaquito con cara de nada que escucha indolente cómo son las cosas para F, F, con ese pelo alborotado y esa mano que semeja un muñón elefantino colorado, colorado violáceo y ahora gris.
F concluye con la mirada en vuelo rasante al techo y el flaquito pareciera retirarse a las habitaciones y desaparecer por el interior de la casa, pero al rato nomás volvió y pasó por ahí con el delfín azul entre las manos, apretándole la cabeza con los pulgares, primero con uno, después con el otro, varias veces, sonriente el infausto presiona esa cabeza suave que emite un pitido, un chillido, una voz imposible de animal herido ¡y las llaves donde están, querido! lanza L que ha sacado la cabeza del bolso sin fondo que vació a los pies de F. Ah, no sé… estaba solo el bicho, sin llaves, che. Ya de pie, L se le va encima, F no lo puede creer, L lo prepotea, lo patotea, lo papea, dale taradito ¿dónde pusiste las llaves? fascito ¿intentás una apertura anal?
En ese gesto brutal, F siente que L es su mejor amiga, la ama, ama que la defienda, ama que la cuide, y quiere pararse y darle un beso, un abrazo, una palmada en la cola. Pero no puede moverse y la mano tiene el tamaño de una cabeza, es un guante de goma bien inflado como para jugar a la teta de la vaca, los dedos han quedado tan chiquitos en esa mano que ya no es mano que se le va la mano y F piensa que si no hay llaves de ningún auto, que si todas las llaves desaparecieron es porque el flaquito mosquita mierda las escondió. F ve cómo la gente amiga busca; también ve cómo la miran a ella y a su mano, como si fueran dos personas, una es mano la otra no. El asador que no sabe asar ha entrado al living junto con dos más, parece que está al borde de un colapso y está ahorcando al flaquito, lo tiene a unos centímetros del piso, con una mano le aprieta el largo cuello, lo sacude contra la pared y las patitas con zoquetes marrones apenas patalean. La envuelve un griterío complejo que F no logra comprender; es que hablan otra lengua, piensa, tal vez ruso, estonio, árabe, balcán, ignoso, justo ahora que quiere contar algo, algo a L que está al lado con la boca llena de palabras que no despilfarra, que larga una por una, F quiere contar algo con su lengua desmayada ¡son 30 kilómetros al puesto! interrumpe L al asador; el flaquito babea; este facho tomó acido o alguna pepa y no sabe qué hizo con las llaves. Alguien rememora: Un duodeno un decadro un duodecadrón. Pero a F le va cerrando la voz, o la garganta y ella quiere contar una historia de cuando era chica, de la mamá con una araña ¡tiene que ser inyectable! ¿cómo lo va a tragar? Alguien está macerando la pastilla con un tenedor mientras a F le cuelga la cabeza, cabeza caída sobre el respaldo bajo del sillón; y ya entra un hilo de aire, un hilo por la ventana y otro hilito entrecortado por la boquita de manteca, tortita de manteca, manita de manteca, mamá le da la… y L escucha que el flaquito indica una traqueotomía. L cree que va enloquecer, y enloquece, entonces se levanta del lado de F, agarra un botellón espigado de un metro y medio y lo parte sobre la cabeza del flaquito. Presumen lo peor. Vuelta al lado de su amiga exige que terminen de macerar esa pastilla de mierda. Obedecen. Obedecen. F sabe que mientras L siga a su lado todo va estar tan bien como mal pueda estarlo, por eso se quieren así; y así, F ya más tranquila, ya sin oxígeno, comienza con su lengua ponzoñosa a balbucear la historia del garage, la historia de la araña que vino desde Zárate prendida por lo bajo con sus seis patas al chapón del auto del papá porque habían estacionado el Dodge Polara a la sombra del puente del Brazo Largo para pescar dorados perdidos y los yuyos altos arañaban la chapa rastrera con un sonido áspero y sordo y el auto internado en el monte selvático que huele a río y barro embriaga y embarra los días de mancha en el garage de la casa grande, cuando quieta quietecita de mancha venenosa levanta los ojos al techo y la ve arrinconada a esa araña gorda morruda, como un plato hondo de lentejones trepado, qué plato, parece ¡mamá! y a pura oreja la mamá vino y vio y se fue y al rato volvió con un rifle de aire comprimido y mató a la araña de un escopetazo, la araña explotó primero y cayó despatarrada y fláccida desde lo alto después, pero era una araña madre, una madre araña, una madre preñada y dentro o fuera agarraditas de la panza y de las patas peludas, vivían movedizas y camufladas miles de arañitas que huyeron ilesas sin rumbo e invadieron el garage de la casa y treparon urgidas zapatos medias pantalones remeras y pelos. F asegura que si le dan un escopetazo en la mano libertarán a las miles de arañitas o lentejas que la habitan y que se reproducen inquietas en el muslito gigante de su pulgar: esa es la solución ¡esa! ¡Ésa! le grita a L pero L no escucha porque la voz de F no sale.
Entonces L va hacia F, le besa la boca y después empuja con la lengua ese pastiche del duodecadrón con un poco de agua o jugo o saliva o amor o con eso que nadie vio bien.
Vanesa Guerra es escritora y psicoanalista. Algunas publicaciones: La lengua del desierto- notas. Colección Agalma- dirección Alejandro Schmidt. Buena Vista Editora. Córdoba 2020. Con Beca de Circulación y Promoción 2019 del Fondo Nacional de las Artes. Walser, traductor del limbo. Un ensayo. Bajo la luna, 2017. Buenos Aires. Síndrome del Montón (novela). El 8vo Loco y Tren en Movimiento Editores, #ColeccionFueradeSerie Argentina, 2016. (Novela Finalista en La Resistencia Editorial Alfaguara y elFoco.com, México 2001) Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo (novela) Editorial Bajo La luna, 2012. Buenos Aires. La sombra del animal (relatos) Bajo La luna, 2008 – Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes; Argentina 2007. Metáforas del lunar conyugal (relatos) Colección La Buena Pipa. Editorial Nueva Generación, 2000. Buenos Aires. Próxima publicación: Dónde tienen la boca estos peluditos? Libro de cuentos con primera mención de honor en FNA 2019. A partir de Julio de 2021, codirige junto a Daniela Mac Auliffe la Colección Agalma de poesía y ensayo. Buena Vista Editora, Córdoba.